Sandboard en las dunas de Huacachina

He llegado a Ica a las 6:00 y me he despedido de Alejandro que estaba algo adormilado. En la misma terminal, he tomado un taxi que me ha llevado hasta Huacachina (5 soles), a 5km de Ica. Me he hospedado en el conocido Casa de Arena, un hostel con piscina y barra musical, donde he descansado un par de horas antes de volver a Ica y hacer algunas averiguaciones.

Ya no me acordaba de la Perú que tiene las calzadas llenas de irritantes taxis tocando el cláxon para captar clientes. Ni siquiera de la Perú que menos me gusta y me refiero a aquella que ofrece, en algunos casos, pésimos tratos por parte de algunas empresas sin espíritu de servicio ni compromiso con el cliente, sobretodo a lo que empresas de transportes se refiere. A veces no te miran a la cara, otras parece importar más lo que están haciendo que atender, otras ni contestan a las preguntas o lo hacen con toda la calma del mundo que llega a desesperar. Pero es un pez que se muerde a cola y, rompìendo una lanza a favor de los tristemente asalariados empleados, es que ellos son también víctimas de sus déspotas jefes y de la mala educación de los clientes que llegan increpando sin respeto. Un trabajo que debe quemar a cualquiera. Es por ello que he sido un daño colateral en todo este comportamiento cuando he intentado comprar tres billetes de autobús en diferentes compañías para diferentes trayectos y al final me he ido sin comprar ninguno. Solamente en un caso tenían la excusa de que se había estropeado la conexión de internet en toda la ciudad, en las otras dos compañías bastaba con llamar a Lima y reservarlos por teléfono pero igual es demasiado trabajo para Ormeño y Flores.

Ya que estaba en Ica, he aprovechado para conseguir algo de dinero y comer por 6 soles, cosa que en Huacachina resulta imposible. Después he llegado al hostel desde donde he contratado una divertida actividad. Los numerosos hostales y restaurantes de la minúscula y turística población de Huacachina se encuentran rodeando una pequeña laguna que, a su vez, está detrás de un extenso desierto lleno de dunas. La típica actividad allá es el sanboarding y es lo que he contratado en el mismo hotel en el que me alojo (40 soles) pero eso no es lo único que íbamos a experimentar. Alfredo, nuestro piloto, nos ha venido a buscar al hostel en un potente auto de 9 plazas cubierto de una estructura metálica que favorece el vuelco en el caso de que exista. Nos hemos ajustado bien nuestros cinturones de seguridad que tan útiles iban a ser y hemos pagado incomprensiblemente 3’50 soles para entrar al desierto. El viaje había comenzado y era de vértigo mientras corría a toda velocidad por el desierto bajando y subiendo enormes dunas sin ningún tipo de miramiento. Sólo nos quedaba confiar en la experiencia de Alfredo y disfrutar. Finalmente nos ha llevado a lo alto de unas dunas para hacer la verdadera actividad, el sandboarding, aunque yo no sabría decir cual de las dos es más divertida. En la primera bajada, nos hemos deslizado con el pecho apoyado en la tabla y bajando de cabeza por las dunas teniendo como control de velocidad los pies que rozaban la arena. La segunda y tercera pendiente he intentado bajar de pie pero me he dado cuenta que no era lo mío. Posiblemente, los amantes del snowboard y del sandboard no estarán de acuerdo conmigo y me tratarán de hereje cuando diga que he preferido descender de pecho y las razones son la aerodinámica y, a consecuencia, la velocidad. La arena ofrece más rozamiento que la nieve y no podía coger mucha velocidad por lo que caía constantemente. Las siguientes bajadas eran más grandes y pendientes haciendo que cogiera más velocidad y que tuviera un buen subidón de adrenalina. Sólo nos quedaba volver al hostel y, para ello, Alfredo ha hecho de las suyas pilotando el auto por el desierto. Sin piedad y por toda duna, ha subido a toda velocidad por barlovento y bajado por sotavento llegando en ocasiones en la transición a no tocar tierra firme durante algún tiempo.

He llegado al hotel y me he sacado toda la arena que había llegado hasta los lugares más íntimos. Más tarde, he salido a cenar algo donde me he encontrado con Tomo, un japonés que ha hecho sandboarding conmigo. Ha sido difícil comunicarme con él pero un traductor electrónico que tenía ha hecho el trabajo más complicado. Me ha acompañado al restaurante en el que iba a comer algo que tenía que haber probado hace tiempo, el ceviche. En este caso he probado el rico ceviche de cojinova (un tipo de pescado crudo pero marinado con limón y cebolla) acompañado de camote (batata). Después, hemos ido a tomar una cerveza al bar del hostel de Tomo, Carola del Sur, que parece más animado que el mío pero no he tardado en irme porque mañana tengo que levantarme temprano para hacer otra actividad.

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