De Quilotoa a Chugchilan

20 septiembre 2009

Nos hemos despertado con los primeros rayos de sol. Ver aparecer el sol en medio del cráter ha sido precioso. Hemos revivido la fogata para desayunar y hemos levantado el campamento con la idea de ascender el cráter. Antes de hacerlo, nos hemos hecho alguans fotos divertidas y otras aprobechando el paisaje.

Si la bajada fue dura, mucho peor ha sido la subida. Casi dos horas de ascensión con 18kg a la espalda. Desde que me muevo por los andes no he tenido ningún problema con la altura y no me refiero al soroche sino a la falta de oxígeno. En alguna ocasión he notado un cambio de presión sin importancia pero no más. Esta vez, he creído que se me salía el corazón por la boca y he tenido que parar a menudo para recuperar el aliento en aquella pendiente tan pronunciada. Una vez arriba (3800) me he enterado que tres excursionistas se dirigían a Chugchilan, mi próximo destino en la ruta Quilotoa. Para ello me he tenido que despedir a prisa de mis amigos Julio, Maritza y Evelin que tan buenos momentos me han hecho vivir cerca de la laguna de una forma tan divertida. Muchas gracias por todo, os llevo en el corazón.

Dar alcance a los excursionistas no me ha sido nada fácil. Me presento y resultan ser un guía y una pareja, él hindú y ella norteamericana. Al parecer, no les importa que me una a ellos. Para mí es más seguro ir con gente puesto que la ruta de Quilotoa a Chugchilan comprende 24km (5 horas) por angostos caminos difíciles de localizar. El guía les ha dado algunas lecciones de plantas y paisajes en inglés. Cosa que no me importa demasiado porque al fin y al cabo soy un polizón en el grupo que de paso entiende alguna explicación y tiene guía gratis.

El camino ha estado lleno de espectaculares paisajes mientras rodeábamos el cráter, bajábamos montañas y cañones, pasabamos por un pueblo, subíamos montañas y cruzábamos con quechuas. Con las prisas de la partida, no tenía más que una botella de agua de provisiones. Menos mal que al pasar por el pueblo, despues de 3 horas de caminata, he podido comprar agua y hacerme un bocadillo de sardinas. Hemos seguido el camino con el sol en la vertical y los caminos más abruptos pero habiendo recuperado las fuerzas.

Llegamos a Chugchilan (3800 msnm) destrozados. Es curioso ver a indígenas bebidos por todo el pueblo y es que al parecer han estado festejando algo, quizás la llegada del equinocio. Me he hospedado en el Hostal Cloud Forest por 7$, sin cena ni desayuno, que es todo un lujo comparado conlos sitios que he dormido hasta ahora. He cenado con mis compañeros de ruta en el Mama Hilda no sin antes homenajearnos unas niñas a unos norteeuropeos y a nosotros con un baile tradicional ecuatoriano.

Mañana tendré agujetas que, por cierto, ya empiezo a notar. Aunque se puede decir que en esta caminata he controlado perfectamente la respiración. ¿Se puede decir que ya estoy perfectamente aclimatado?


La laguna Quilotoa

19 septiembre 2009

He dejado el hotel en el que me hospedo. Úna vez más me dejé llevar por los comentarios de la Lonely Planet con la idea de conocer algún mochilero y no ha sido así. Si lo llego a saber voy al hotel de Claudio, Hostal Backpackers inn, en el Mariscal, donde hay más mochileros, más movimiento y lugares donde tomar una birra porque, señores, ayer no pude tomarla debido a que no pude contactar con el peruano. Al menos así, he podido levantarme temprano para hacer la ruta Quilotoa.

El taxi del hotel me han llevado a la terminal del sur por 7$. Al parecer, antiguamente las terminales estaban más cerca pero ahora se ha de tener en cuenta que entrar en la ciudad de Quito supone el precio del autobús mas unos 7$ del taxi. Una vez en la terminal, he cogido un autobús a Latacunga (1,70$, 2 horas). No confundir con ‘La Chatunga‘ de Luís Aguilé como bien podrían creer mis amigos David y Allona o mis excompañeros de curro y amigos Manuel e Ismael (aprovecho para saludar a mi fan número uno, Ramón Quevolsquefagesca). No ha sido mi viaje más cómodo porque mi compañero de asiento, un tanto obeso, no me ha dejado moverme demasiado. Latacunga es un buen puento de inicio para ir a visitar el Parque Nacional Cotopaxi y, también, para hacer la ruta Quilotoa, la cual que me he decidido hacer. Al llegar a Latacunga, he cogido uno de los pocos autobuses hacia Quilotoa a las 12:00 con la intención de hospedarme en uno de los hostales que ofrece la comunidad Quechua. En el mismo autobús, he conocido a Julio, Maritza y Evelin, de Quito. Ellos, como yo, querían ir a Quilotoa. Hemos conversado amistosamente sobre cosas que hay que conocer de Ecuador y, finalmente, me han invitado a unirme a ellos en la acampada al borde de la laguna Quilotoa, cosa que me ha parecido una gran idea y una buena oportunidad de estar en contacto con la naturaleza. Mientras el autobús iba por serpenteantes y angostos caminos, he comido chugchucara (fritada de cerdo) con mote (maiz cocido). Teniendo en cuenta lo facil que es para mí marearme, aun no entiendo como he sido capaz de digerirlo.

Por fin, hemos llegado a Quilotoa, sólo queda subir a la cornisa del cráter de un volcán extinto para posteriormente descender a la laguna, interna en el mismo. A medida que ascendíamos hasta la cornisa, la emoción me embargaba (puedo decir que hasta he podido oir redobles de tambor) cuando por fin he podido contemplarla en toda su magnificencia, la laguna Quilotoa. Hemos bajado 400 metros de altura en más de media hora por un camino muy duro de arena y con todo el peso de las mochilas y las provisiones. El agua de la laguna parece tener muchas sales por lo que no hay vida y en la orilla, arena de playa a pesar de que estamos en el corazón de Ecuador. Al llegar, hemos comido, montado la tienda de campaña y encendido una fogata. Pensaba que hacer una fogata era fácil de hacer, fácil de encontrar leña, fácil de encender y fácil de mantener encendida. Nada más lejos de la relidad. Ha anochecido y estamos orgullosos de nuestra fogata en la que hemos podido resguardarnos del frío y calentado nuestra cena. Ha hecho una noche espléndida. Estar a orillas de la laguna Quilotoa ha sido una de las mejores excursiones que he hecho en mi vida, una auténtica maravilla en muy buena compañía, riendo y charlando de nuestras cosas.